(Artículo):

En Nochevieja, mientras buscaba algún documental interesante en la televisión, me quedé perplejo una vez más ante la desinformación que comunicaba públicamente una veterinaria en un programa de tertulias acerca de las noticias del día. Aunque el caso no es grave, porque no conlleva errores de comunicación con nuestras mascotas que puedan entorpecer la convivencia, demuestra hasta qué punto las interpretaciones gratuitas pueden ocupar el lugar de la objetividad contrastada en los medios.

Se veía en la imagen a un perro pequeño depositando sus defecació és en una pared, en lugar de hacerlas en el suelo. La explicación rezaba: “Esto lo hace para que, cuando pasen otros perros, éstos piensen (primer error) que él es más grande de lo que es (segundo error). Los perros no piensan, pero de ésto nos ocuparemos en otro en otro artículo. Aquí, la pregunta es: ¿De que le sirve a nuestro protagonista engañar a otros perros con respecto a su tamaño? Lo importante no es, precisamente, la envergadura del perro, sinó la altura de las heces. Lo mismo sucede en el caso de la orina; y ahora veremos por qué. Las señales olfativas no solo contienen información acerca de la disposición de un individuo. El hecho de ser prefabricadas implica que las emanaciones corporales informan acerca de su condición también, en términos de rango y perspectivas.

Los mensajes químicos encargados de transmitir este “parte” son las feromonas, compuestas de poco peso molecular y, por consiguiente, muy volátiles. Són inadulterables y salen directamente de las glándulas situadas en la cara, orejas, patas, lomo, cola, sacos anales, prepucio, vagina. A pesar de ser inodoras en el momento de fabricarse, la acción de la microflora, que puebla los conductos y la piel adyacentes a las glándula, y que varía de un individuo a otro, provoca diferencias personales en cada huella olfativa.

La dieta ejerce su propia influencia adicional en la confección de estos “Carnés de identidad”, en los que constarán: género, condición reproductora, estatus social, estado emocional, edad, estado de salud y dieta. No es de extrañar que los perros – dotados de genes anacrónicos que reproducen todavía comportamientos propios de la vida agreste de la manada, cuyos miembros comparten un tamaño promedio estable – pasen tanto tiempo oliéndose y olfateando la saliva, la orina y las heces de sus congéneres.

En definitiva, en el caso que nos ocupa: ¡El tamaño no importa! ¿O, a caso, nunca ha visto a un entumecido yorky intentando agredir a un gran danés? En cambio, al ser determinantes las señales olfativas, la altura sí importa, porque: a mayor altura, mayor es el radio de difusión de su mensaje territorial por aire. Por eso, casi todos los machos y alguna hembra levantan una pata cuando orinan; y por eso, una pequeña minoría de perros pega sus heces en superficies verticales.

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Para saber más: CORAZÓN CANINO 2014 Ed. Plataforma